viernes, 5 de octubre de 2012

El Velorio De Dña. Argentina


                La noche, con su negrura densa, se había hecho larga; como las tres anteriores. Una brisita fría lamia las paredes, las puertas, las pieles, los huesos. El barrio estaba tranquilo, sin luz, el apagón se había extendido durante todo el día. Hacia rato que no pasaba ningún vehículo por la asfaltada calle que se extendía de un extremo al otro. El silencio se había cernido sobre la casa desde el pórtico hasta la cocina. La solemnidad del velorio se quebraba a ratos con un suspiro, una tosecita de la agónica mujer o el quejido de un niño que no hallaba el pezón materno.  Parece inverosímil, ¿no?, velar a alguien todavía vivo. Había vencido el límite de tiempo de cinco médicos y una comadrona de esas que saben de todo un poco.
Doña Argentina había sido una muchacha criada en el rudimento del campo, se caso cuando solo tenia 15 años, tuvo 13 hijos, todos del mismo padre, don Aurelio Carpio, su único marido. Ángela, su hija mayor la trajo a vivir al pueblo cuando don Aurelio falleció, desde entonces vivió frente a mi casa. A los pocos días ya era la favorita de la cuadra. Doña Argentina era una mujer hacendosa, siempre estaba haciendo algo. Todas las tardes el vapor de la cocina arrastraba esencias de azahar y canela.  Cuando no tejía algún suéter, hacia un dulce de coco o de guayaba, horneaba galletas de jengibre o simplemente cantaba alguna salve.
Habían pasado cuatro semanas desde que le desahuciaron en la clínica que el hijo, que había venido de fuera para verla por última vez, pagó. Los médicos no habían encontrado las causas del mal, solo lograron sentenciar: «está muriendo». El lugar estaba atiborrado de gente que entraba y salía susurrando, balbuceando cuentos, las horas pasaban sentadas en las agujas del reloj de pared con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.
La tos flemosa que salía a momentos de la habitación donde reposaba doña Argentina, sobresaltaba a todos. Mariel, la cuarta hija de doña Argentina comenzando por la mayor, se acercaba a la vieja para ayudarla a levantarse un poco para que se le calmara. Cuando se le pasaba, la vieja retornaba a la postura anterior.
La habitación olía a incienso, a cera de velas y agua florida. Decenas de cuadros de santos permanecían en una esquina y en el centro la escultura de un Divino Niño que se alzaba con sus bracitos abiertos y ojos suplicantes. Había flores delante de los santos y otras tantas en las mesas que amueblaban la estancia. Los marcos y sus fotos a blanco y negro forraban las paredes. Era realmente un lugar saturado de recuerdos.
La salud de doña Argentina se deterioraba con cada segundo que pasaba. Había días que casi la metían a la caja pero luego levantaba la cabeza pedía una sopa y volvía a dormir. Era como si no quería morirse, como si se aferrara a este mundo. El barrio no durmió en días, todos a la espera de la muerte de doña Argentina, pero aquello no parecía tener fecha de final.
Un olor putrefacto salía de entre las sabanas que cubrían a doña Argentina, no importaba cuanto las cambiaran; pusieron lavadas, prestadas, nuevas, pero aquella peste se mantenía, al contrario, jornada tras jornada iba en aumento. La piel de doña Argentina también había comenzado a  desprenderse; sus huesos comenzaron a fracturársele, la fragilidad era tal que no podía movérsele ni en lo más mínimo.

Anoche llegó aquella señora gorda, de facciones anchas y nariz rechoncha. Traía un pañuelo blanco atado a la cabeza, un olor a tabaco que increpó a todo el mundo y muchos collares en el cuello. Estaba totalmente vestida de blanco.
--¿Donde esta María Argentina López Pérez? –preguntó, mirando a todos como tratando descubrir la respuesta en las caras aterradas, nadie la reconocía como vecina, ni los hijos de la vieja como pariente.
--La señora está indispuesta –respondió altanera, una de las vecinas.
La señora soltó una pequeña carcajada que ahogo de inmediato.
--Para mi no hay indisposiciones. Es que acaso no la escuchan llamarme --dijo, aunque todos estaban seguros de que no habían oído nada.
--¡Déjenla Entrar! --Aquella voz no la olvidaran jamás, doña Argentina no había dicho nada desde que había caído enferma y los que estaban en la recamara, al lado de la cama, la vieron sentarse de repente.
La señora siguió por el corredor, se detuvo frente a la puerta y haciendo girar el picaporte entro a la habitación, doña Argentina continuaba sentada en la cama, cuando la vio se deshizo en lagrimas pero no se movió.
--Tu sabes que ya es hora –dijo la señora de blanco.
--Lo sé, pero tengo derecho a sentir nostalgia –respondió, era increíble como una mujer que apenas balbuceaba para pedir una sopa a veces y que había comenzado a deshacerse viva, ahora estaba hablando como en el momento de mejor salud.
--Joven –dijo la advenediza, refiriéndose al mayor de los hijos de doña Argentina –valla, pida que hagan un té muy fuerte de jengibre y que lo brinden a todos los invitados, dígale a la muchacha que le eche tres hojas de naranja solamente y luego que todos hayan bebido, tráigame el poquito que quede en la olla. —El muchacho permaneció sin hacer caso, con cara de echar a patadas aquella mujer.
--Ve Frank, mi hijo, haga lo que le dicen –dijo, doña Argentina que conoció las intenciones de su hijo.
--Los demás por favor vallan a estar con los invitados, que es muy feo dejarlos solos –Replico nuevamente la advenediza, y aunque no cayo muy bien, todo fue confirmado por doña Argentina, entonces los muchachos obedecieron sin rechistar.
Lo que paso luego en aquella habitación, nadie lo conoce, no hubo nadie quien pudiera relatarlo.
Cuando Frank regresaba con el té encontró a su madre recostada en la cama, limpia, bañada, perfumada, maquillada, el pelo nacarado recogido en una sola cola pero lo mas sorprendente sola, nadie vio a la señora partir.
Puso la taza de té en los labios de su madre quien lo bebió todo de a pequeños sorbos y luego vio como la mujer se iba durmiendo para no despertar jamás.

FIN…

domingo, 24 de junio de 2012

¡PUERCOS...!

Basado en el cuento anónimo de “Los Tres Cerditos”
By Anthony Ecramz

El bosque permanecía en una inminente sobriedad y las hojas verdes se habían tornado plateadas y negras con unos rayos de luna que se elevaban como sosteniendo el astro rezagado y una brisita suave que las estremecía agitándolas como temblando con el frio de una noche larga y malva…
—¡Puerco, dulce puerco, sal, están afilados mis dientes y sentirás la muerte como el roce de un airecito ―dijo el Lobo Feroz y dejo oír un carcajada que agrieto la paz del monte.
―Lárgate de aquí y déjame en paz –Chilló el puerco entre los matojos secos que había amontonado para resguardarse de la lluvia hacia ya mucho tiempo.
--¡Tu lo pediste! –Dijo la bestia casi entre los diente y poniéndose en dos patas dejo al descubierto el mas espantoso de los esperpentos, mostró los dientes afilados y aulló de tal manera que hasta los troncos temblaron, las pajas amontonadas se elevaron hasta el cielo y se esparcieron como movidos por alguna extraña fuerza psíquica y dejaron al puerco al descubierto, en posición fetal, temblando aterrado, desnudo y sin saber que hacer.
En un instante los ojos lloroso del puerco y los brillantes, profundos y encendidos del lobo se encontraron en un contacto, que aunque no duró mas de tres segundos pareció eterno para ambos. El puerco se abalanzó hacia la noche corriendo por su vida, sus patas parecían volar, mientras más atrás, a escasos metros de distancia, el lobo le perseguía y le clavaba la punta de las garras marcando su próximo manjar.
Corrieron por alrededor de una hora, el sol había comenzado a salir, sin cesar, sin descansar, sin tomar un respiro para continuar. Uno y otro corrían por sus vidas, uno por preservarla y otro por alimentarla. A la distancia el cerdo vio a su hermano comiendo tras la cerca, al lado del granero y con todas las fuerzas que le quedaban le gritó.
--¡Corre hermano, corre, el lobo me devora!
El cerdo levantó la cabeza del cubo con desperdicios y alimentos y asombrado con los zarpazos que vio dar al lobo, entro en el granero y esperó en la puerta a su lastimado hermano, que entro como una bala, el cerdo sintió que había llegado al cielo mientras su hermano con un cabezazo cerro el portón haciendo caer la aldaba que lo atrancaba.
Los rayos de sol entraron por todas las rendijas de la madera, el día había llegado.
--¡Qué diablos! ¿Qué le has hecho a ese demonio?, mira como te ha dejado el lomo.
El cerdo no podía ni hablar, jadea y resoplaba mientras el hermano lo fustigaba con una pregunta tras otra.
--¡No sé!, ¡No sé!, ¡No sé! –Gritó mientras lloraba.
--¡Puercos¡ habrán la puerta, prefieren morir por manos de los sucios humanos, que los degüellan dejándolos sangrar hasta morir, o entre mis afiladas fauces que no sentirán ni el mas mínimo dolor –Dijo el lobo y se paseó delante de la puerta esperando.
---Larga de aquí, no saldremos nunca, pronto vendrá el granjero y te llenara de agujeros con la escopeta ---chilló el hermano desde atrás de la puerta, recostado en ella como temiendo que la tranca no fuera suficiente.
El lobo se paró en dos patas y aulló como la vez anterior y aunque las maderas del viejo granero y los clavos oxidados se zarandearon, se mantuvieron en su lugar, el lobo aulló por segunda vez con el mismo resultado.
Los cerdos atemorizados se habían abrazado junto a la puerta mientras el lobo se alejaba, ambos miraron por una rendija que dejaban las maderas de la puerta y al no ver al lobo creyeron que estaban a salvo, pero de repente, vieron la bestia que volvía a acercarse, pero venia corriendo como cuando perseguía al cerdo, pero ahora sus ojos revelaban una intención macabra, su paso no se detenía, los cerdos miraban ensombrecidos, las garras apenas tocaban el suelo rustico y en un instante un poderoso salto y con ambas garras asestó un zarpazo sobre las puertas que las dejo hecha jirones. Corto la madera como si fueran de papel y lanzo a los cerdos sobre los montones de heno al fondo del granero. La rabia y la ira casi brotaban por los ojos de la bestia y los pelos en la alargada cabeza, erizados, parecían agujas a punto de ser disparadas.
El chillido de los cerdos se escucho más allá de los arboles de cedro, y del campo de flores de colores, incluso atravesó el pueblo y saco del sueño al tercer hermano de los cerdos que temblaban ateridos frente a las fauces babeantes del lobo. El tercer hermano, que en realidad era el primero y por consiguiente el mayor de los tres, vivía en una granja de cochinillos en las afueras del pueblo, era usado como verraco, pasaba durmiendo y comiendo la mayor parte del tiempo. Aquellos orgasmos lo mantenían muy somnoliento y hambriento.
Los dos cochinos se abrieron paso entre la paja y los sacos de trigo y empujaron la puerta del frente del granero dejándola abierta de par en par. El lobo venia tras ellos a punto de cazarlos, pero los cerdos no pararon nunca.
Iban chillando y gritando todo el camino con tal de llamar la atención, atravesaron la calle principal del pueblo, cruzaron frente a la iglesia y las viejecitas que salían de rezar se asombraron al ver la bestia que venia detrás y con mil reprensiones se echaron a un lado, los muchachos del colegio se pegaron de las rejas para ver el espectáculo y el viejo ciego limosnero, escuchando el alboroto se encomendó a todos los santos conocidos.
Los dos puercos doblaron una esquina y entraron dando vueltas al trastabillar con un escalón en la puerta de la granja de cochinillos, al mismo tiempo las dos grandes puertas de acero, se cerraron y el lobo se quedo afuera nueva vez.
La granja de cochinillos, era un gran mecanismo automático y cuando el día iniciaba, comenzaba a trabajar sin la intervención de usuarios humanos. Miles de hierros rechinaban al chocar unos con otros y las bandas transportadora se movían llevando carne de un lado a otro, colgadas de ganchos afilados. Al fondo en un corral permanecían todos los cerdos, salvaguardados. El Cerdo Mayor estaba asombrado de ver a sus hermanos como temblaban impresionados con toda la maquinaria:
--¿Que se les ha perdido? –Preguntó y sonrió. Hacia tiempo que no los veía, desde antes que el menor se hubiera escapado al bosque.
--¡El Lobo! –Dijeron a dúo y cayeron desfallecidos por el cansancio.
El cerdo trajo un cántaro con agua y ayudado por las demás cerdas, pues él era el único macho, lograron restablecer al par de cerdos que aun jadeaban de terror.
Mientras afuera el lobo merodeaba buscando la forma como entrar, sus aullidos llenaban toda la fabrica pero se perdían entre el bullicio de las maquinas trabajando y los camiones que entraban y salían del otro lado. Sobre el techo divisó una chimenea apagada y de un salto inmenso cayó justo en la orilla, se deslizó por el ducto de ventilación pero fue a para a una tapa de metal que cubría el inicio de la chimenea, porque estaba en desuso, de repente escucho un ruido sordo, algo golpeaba del otro lado, araño las metálicas paredes del angosto ducto tratando de volver a salir, pero fue imposible, el acero de las mismas era impenetrable.
El Cerdo mayor tiró de la trabilla que sostenía la portezuela que tapaba la chimenea en desuso, haciendo caer a la gran bestia en una caldera de agua hirviendo desollándole al instante entre miles de aullidos de dolor. Un gancho metálico se metió dentro de la caldera y sacó al lobo muerto ya, y colgando lo arrastró hasta la trituradora para ser convertido en una barra de embutidos…

miércoles, 9 de mayo de 2012

Pubertad

Tal vez es un canto,
quizá una danza,
es pena y mancha
honda y negra.

Como un sendero
de mil destinos,
como las noches de un jupiter,
con diez mil lunas

Un tortuoso camino
sin señales,
carente de mapas,
incierto, noctambulo.

Con obeliscos bajo interiores
y sangre sin heridas.
con pustulas como una mapa
y sentimientos empacados.

Patria.

Canta mariposa de tierra,
arma un collar de penas,
con esperanzas agujereadas,
entre las cuentas y canta.

Acuéstate en un sol largo,
largo, oscuro y malva,
hazte una caricia con las manos,
como las que se hacen las putas.

De esas caricias, acompasadas,
de las que hablan tus machos vulgares,
de esas que amarran cien almas
a un par de piernas compradas.

Acuéstate morena con todos,
y hazte una mujerzuela,
que quizás un día de esos
de esos que iniciación amarillos
de esos que acaban escarlata,
la indignación valla y se apiade
y toque las puertas
de esos perros,
de esos que te llaman patria.

Magia

Infieres célibe en mí,
concediéndote permisos,
proponiéndome pecados,
revoloteando en mi oídos.

Encarcelas los ojos,
entre manos sudadas,
y el pudor que se te cuela,
haciéndote mojar la falda.

Ahora un tiempo fiscalizador,
con aquel par de miradas,
disciernen el alma,
hostigan el corazón.

Los dientes destellando,
tras los labios indiscretos,
los pómulos enrojecen,
Cortan la respiración.

¡Si mi aliento te tocara,
Hasta el sexo te hace agua!

viernes, 4 de mayo de 2012

Es menos hierático y mas engorroso....

Bañarme en tus alas,
mojando de arena las caricias,
dando vueltas entre tus vértices,
aunando cada una de tus curvas.
intercalando entre las hebras de tu pelo,
los dedos sutiles de la fantasía,
es viajar entre las vetas de un framboyán,
montado en el pétalo de una rosa de Bayahibe.

Soslayar la sonrisa de tu boca,
para cruzar saltando hasta labios,
es como abismarse
a un mitin de un partido de oposición.

Anudar la sutileza del pudor,
de la modestia que cubre hasta tu respiro,
como escamas de un pez de plata,
incrustadas infinita e intrínsecamente cerca;
es intentar tamizar las dunas de cualquier Peravia.

Conducir una procesión de piropos
con destino a tus oídos fugaces,
es similar a guiar chivos
por las piedras de un árido San Juan.

Robar un beso de tu boca
parece una travesía al Santo Cerro,
o una peregrinación hasta el cuadro de una Basílica.
Solo que lo primero es menos hierático y mas engorroso...

martes, 1 de mayo de 2012

¿Bailamos?

Cadencias en el aire,
pasos que se pierden
trazados entre las tablas,
entre los dedos y las caderas.

Navegando entre acordes necios,
piruetas desangeladas,
y en el cielo de este lodo,
un cisne y un sapo
chillando, croando, chapoteando.

Los cocuyos en la vorágine infinita de recuerdos
de dogmas, de fronteras, de señales,
garatusas de una alzada.

Como embeleques se trasladan los cuerpos,
y una noche no alcanza para tanto baile,
danzadlo bien,
solo resta quedar dormidos.

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