domingo, 24 de junio de 2012

¡PUERCOS...!

Basado en el cuento anónimo de “Los Tres Cerditos”
By Anthony Ecramz

El bosque permanecía en una inminente sobriedad y las hojas verdes se habían tornado plateadas y negras con unos rayos de luna que se elevaban como sosteniendo el astro rezagado y una brisita suave que las estremecía agitándolas como temblando con el frio de una noche larga y malva…
—¡Puerco, dulce puerco, sal, están afilados mis dientes y sentirás la muerte como el roce de un airecito ―dijo el Lobo Feroz y dejo oír un carcajada que agrieto la paz del monte.
―Lárgate de aquí y déjame en paz –Chilló el puerco entre los matojos secos que había amontonado para resguardarse de la lluvia hacia ya mucho tiempo.
--¡Tu lo pediste! –Dijo la bestia casi entre los diente y poniéndose en dos patas dejo al descubierto el mas espantoso de los esperpentos, mostró los dientes afilados y aulló de tal manera que hasta los troncos temblaron, las pajas amontonadas se elevaron hasta el cielo y se esparcieron como movidos por alguna extraña fuerza psíquica y dejaron al puerco al descubierto, en posición fetal, temblando aterrado, desnudo y sin saber que hacer.
En un instante los ojos lloroso del puerco y los brillantes, profundos y encendidos del lobo se encontraron en un contacto, que aunque no duró mas de tres segundos pareció eterno para ambos. El puerco se abalanzó hacia la noche corriendo por su vida, sus patas parecían volar, mientras más atrás, a escasos metros de distancia, el lobo le perseguía y le clavaba la punta de las garras marcando su próximo manjar.
Corrieron por alrededor de una hora, el sol había comenzado a salir, sin cesar, sin descansar, sin tomar un respiro para continuar. Uno y otro corrían por sus vidas, uno por preservarla y otro por alimentarla. A la distancia el cerdo vio a su hermano comiendo tras la cerca, al lado del granero y con todas las fuerzas que le quedaban le gritó.
--¡Corre hermano, corre, el lobo me devora!
El cerdo levantó la cabeza del cubo con desperdicios y alimentos y asombrado con los zarpazos que vio dar al lobo, entro en el granero y esperó en la puerta a su lastimado hermano, que entro como una bala, el cerdo sintió que había llegado al cielo mientras su hermano con un cabezazo cerro el portón haciendo caer la aldaba que lo atrancaba.
Los rayos de sol entraron por todas las rendijas de la madera, el día había llegado.
--¡Qué diablos! ¿Qué le has hecho a ese demonio?, mira como te ha dejado el lomo.
El cerdo no podía ni hablar, jadea y resoplaba mientras el hermano lo fustigaba con una pregunta tras otra.
--¡No sé!, ¡No sé!, ¡No sé! –Gritó mientras lloraba.
--¡Puercos¡ habrán la puerta, prefieren morir por manos de los sucios humanos, que los degüellan dejándolos sangrar hasta morir, o entre mis afiladas fauces que no sentirán ni el mas mínimo dolor –Dijo el lobo y se paseó delante de la puerta esperando.
---Larga de aquí, no saldremos nunca, pronto vendrá el granjero y te llenara de agujeros con la escopeta ---chilló el hermano desde atrás de la puerta, recostado en ella como temiendo que la tranca no fuera suficiente.
El lobo se paró en dos patas y aulló como la vez anterior y aunque las maderas del viejo granero y los clavos oxidados se zarandearon, se mantuvieron en su lugar, el lobo aulló por segunda vez con el mismo resultado.
Los cerdos atemorizados se habían abrazado junto a la puerta mientras el lobo se alejaba, ambos miraron por una rendija que dejaban las maderas de la puerta y al no ver al lobo creyeron que estaban a salvo, pero de repente, vieron la bestia que volvía a acercarse, pero venia corriendo como cuando perseguía al cerdo, pero ahora sus ojos revelaban una intención macabra, su paso no se detenía, los cerdos miraban ensombrecidos, las garras apenas tocaban el suelo rustico y en un instante un poderoso salto y con ambas garras asestó un zarpazo sobre las puertas que las dejo hecha jirones. Corto la madera como si fueran de papel y lanzo a los cerdos sobre los montones de heno al fondo del granero. La rabia y la ira casi brotaban por los ojos de la bestia y los pelos en la alargada cabeza, erizados, parecían agujas a punto de ser disparadas.
El chillido de los cerdos se escucho más allá de los arboles de cedro, y del campo de flores de colores, incluso atravesó el pueblo y saco del sueño al tercer hermano de los cerdos que temblaban ateridos frente a las fauces babeantes del lobo. El tercer hermano, que en realidad era el primero y por consiguiente el mayor de los tres, vivía en una granja de cochinillos en las afueras del pueblo, era usado como verraco, pasaba durmiendo y comiendo la mayor parte del tiempo. Aquellos orgasmos lo mantenían muy somnoliento y hambriento.
Los dos cochinos se abrieron paso entre la paja y los sacos de trigo y empujaron la puerta del frente del granero dejándola abierta de par en par. El lobo venia tras ellos a punto de cazarlos, pero los cerdos no pararon nunca.
Iban chillando y gritando todo el camino con tal de llamar la atención, atravesaron la calle principal del pueblo, cruzaron frente a la iglesia y las viejecitas que salían de rezar se asombraron al ver la bestia que venia detrás y con mil reprensiones se echaron a un lado, los muchachos del colegio se pegaron de las rejas para ver el espectáculo y el viejo ciego limosnero, escuchando el alboroto se encomendó a todos los santos conocidos.
Los dos puercos doblaron una esquina y entraron dando vueltas al trastabillar con un escalón en la puerta de la granja de cochinillos, al mismo tiempo las dos grandes puertas de acero, se cerraron y el lobo se quedo afuera nueva vez.
La granja de cochinillos, era un gran mecanismo automático y cuando el día iniciaba, comenzaba a trabajar sin la intervención de usuarios humanos. Miles de hierros rechinaban al chocar unos con otros y las bandas transportadora se movían llevando carne de un lado a otro, colgadas de ganchos afilados. Al fondo en un corral permanecían todos los cerdos, salvaguardados. El Cerdo Mayor estaba asombrado de ver a sus hermanos como temblaban impresionados con toda la maquinaria:
--¿Que se les ha perdido? –Preguntó y sonrió. Hacia tiempo que no los veía, desde antes que el menor se hubiera escapado al bosque.
--¡El Lobo! –Dijeron a dúo y cayeron desfallecidos por el cansancio.
El cerdo trajo un cántaro con agua y ayudado por las demás cerdas, pues él era el único macho, lograron restablecer al par de cerdos que aun jadeaban de terror.
Mientras afuera el lobo merodeaba buscando la forma como entrar, sus aullidos llenaban toda la fabrica pero se perdían entre el bullicio de las maquinas trabajando y los camiones que entraban y salían del otro lado. Sobre el techo divisó una chimenea apagada y de un salto inmenso cayó justo en la orilla, se deslizó por el ducto de ventilación pero fue a para a una tapa de metal que cubría el inicio de la chimenea, porque estaba en desuso, de repente escucho un ruido sordo, algo golpeaba del otro lado, araño las metálicas paredes del angosto ducto tratando de volver a salir, pero fue imposible, el acero de las mismas era impenetrable.
El Cerdo mayor tiró de la trabilla que sostenía la portezuela que tapaba la chimenea en desuso, haciendo caer a la gran bestia en una caldera de agua hirviendo desollándole al instante entre miles de aullidos de dolor. Un gancho metálico se metió dentro de la caldera y sacó al lobo muerto ya, y colgando lo arrastró hasta la trituradora para ser convertido en una barra de embutidos…

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